Viaje Etéreo al Far West

Imagen000Llego al renovado Cañaveral (‘Live Station’) con la sana intención de atar un viernes tranquilo con buena música y pocos excesos. El primer propósito está tirado: actúa ‘El Meister’. El segundo se complica nada más cruzar la puerta. Cuando la caña viene de parte del artista… no vas a decir que no. Sería un deshonor, motivo para batirse en duelo con aquél que se atreva. No rechaces un trago de un hombre con botas de búfalo.


Se suele hablar de expectación antes de un concierto. Pero tal vez la palabra sea escepticismo cuando oigo musitar por la barra que “no tiene muy buena pinta”. No es que esté demostrado, pero a veces con la ignorancia te pitan los oídos. Me pido un whisky con hielo y me alejo de la zona cero hasta el escenario. Comienza el concierto.

Viene en plan eléctrico, con una de esas guitarras que legó en herencia colectiva el bueno de John Lee Hooker. Viene con ganas de rayar el horizonte de su repertorio, “hoy vengo etéreo”, reconoce. Y lo demuestra, desde la primera canción, una pequeña historia del oeste que se crece con el tiempo. A partir de aquí, todo fue subir y subir hasta la cumbre de la montaña, tras las huellas de ‘El Topo‘, el vaquero errante de Jodorowsky que se incauta bajo la lánguida figura del cantante. Los buitres circunvalan el rito de la tribu sobre el éter, pero no pasa nada. Tengo mi whisky. Bueno, otro whisky.

De vuelta a la aldea, en el sucio bodevil, intercambio cuatro palabras con Hank. Él ya está como una cuba y el resto se lo dice solo. ‘Lovesick Blues’, y a dormirla. Los demás damos por K.O. el número circense. Continuamos nuestro camino hasta la frontera en busca de un poco de ‘Mexican Haze’. El Cañaveral se llena de humo, y en la barra se derrama el tequila. Ahora es el barman el que “no tiene muy buena pinta”. Creo que ya estamos en Tijuana. Hay un mariachi sirviendo whisky a 3 pesos… “Yiiiiha!“.

La música sigue siendo buena, o mejor. Ya solo pediría al gurú que tocara ‘Attitude’, a lo Misfits, a lo Guns N’, a lo Meister, a lo que él quiera. A nosotros ya nos sobra. La toca, y deja de ser el único que suda en la sala. Hasta el suelo se derrite ante el continuo zapateo de sus botas gastadas. Fin del trayecto. Caballos al establo. Bandidos y mercenarios, echemos el último trago en lo alto de la colina, contemplando amanecer al horizonte.

Un viernes tranquilo. Soy lo peor.

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