“El chico triste y solitario”

Como asiduo usuario de las barras de los bares más inhóspitos, no es que haya visto mucho, pero sí de todo. He visto parejas besarse cada vez que el barman les daba la espalda. He visto a otras hacerse con la botella de tequila que algún camarero descuidado dejó a una extensión prodigiosa de brazo de distancia. He visto a tropas de tunantes entrar y salir del servicio a la misma velocidad que la rubia de peligrosas curvas iba acumulando miradas de testosterona inyectas. He visto al vicio completamente borracho pedir un vaso de agua. He visto dar la propina a la parca. Pero si algo he visto de verdad es al chico triste y solitario tocar su canción.

He visto al mismo chico triste y solitario cambiar de camisa cada domingo. Le he visto balbucear palabras y sonidos antes de su actuación, y de tanto presenciar su indecoroso balbuceo he sabido lo que dice sin necesidad de escucharle. Le he visto tratar de adaptarse a la banqueta sin ningún éxito, mientras procuraba no superar su media de dieciocho golpes al micrófono con la frente.

He visto al mismo chico triste y solitario crecer y hacerse un hombre durante cuatro minutos y veintidós segundos, lo que dura su canción. Le he visto subido allí arriba y parecer una columna de humo volcánico. Le he visto bajar de las tablas del escenario y precipitarse contra el suelo. He visto como la gente nunca se rió.

He visto a ese chico triste y solitario venir cada domingo dispuesto a rodar cabezas y volverse con el rabo entre las piernas. Le he visto llorar con la garganta. Le he visto reírse de todos. Juraría haberle sorprendido en una ocasión descargando toda su mofa sobre mi whisky con agua hasta aguarlo por completo. Le he visto invitarme a otra copa mientras recordaba que nunca tuvo suerte en el amor.

He visto a ese chico triste y solitario olvidar el pasado y salirse con la suya. Le he visto soñando, dejarnos allí arriba colgados, tirar su chicle y marcharse. Le he visto insuflando cigarrillos en el rincón donde nunca nadie le molestó. Le he visto callar cuando querían sus versos y escupirnos las letras el día que tuvo la rabia.

He visto tantas veces al chico triste y solitario que ya le tengo por amigo. Un amigo al que nunca conoceré del todo. Incluso hablaría de él como el perfecto amigo desconocido. Pero le conozco. Conozco del chico triste y solitario todo lo que tengo saber. Conozco los cuatro minutos y veintidós segundos de su canción. Es todo lo que necesito para saber que es mi amigo.

Mi amigo el chico triste y solitario nunca me traicionaría. El chico triste y solitario se alegra en mi compañía, aunque jamás se vislumbre más felicidad en su gesto que en el del morro de un Gran Torino (pincha y sigue leyendo…). Mi amigo es así. Solo expresa sus entrañas cuando se sube a las tablas cada domingo. Es entonces cuando sé que el chico triste y solitario nunca faltará a nuestra amistad.

Mi amistad con el chico triste y solitario es un lazo de alambre, desafinado y extremadamente rugoso. Es un lazo acojonante. En mi lazo con el chico triste y solitario la lazada no importa. Si el lazo se parte tampoco importa demasiado. Solo es un símbolo de un arte que prefiere romperse antes que no formar parte de su propio destino.

El chico triste y solitario es mi eslabón perdido que realmente nunca me ha abandonado. Es el propio chico triste y solitario el único que se abandona a sí mismo. Se deja llevar por el swing de su melancolía y regresa al cielo de los poetas al galope del jodido caballo blanco. El cielo de los poetas es placentero y cruel. Como las drogas.

Mi amigo el chico triste y solitario es la psicotropía. La utopía se quedó estrecha aún siendo tan flaco. Hay demasiado tráfico por la vía hipotecaria. Mi amigo el chico triste y solitario es un experto en atajos y carreteras secundarias. Mi amigo se pierde muchas veces y he tenido que ir a recogerlo mojando a la perrera municipal.

Un día confundí su sombra con la de un box terrier. Cuando el perro me mordió la entrepierna de verás pensé que era él. Aquel domingo le conté la experiencia y me dijo: “Estás peor que yo”. Puede que el chico triste y solitario tuviera razón. Aquel domingo yo fui quién subió al escenario y toqué su canción. Cuatro minutos y veintidós segundos de perrera municipal.

Desde aquel domingo no he dejado de subir al tablado para cantar su canción. Al chico triste  y solitario no le importa. Seguimos siendo amigos. Nadie se ha dado cuenta de que toco la misma canción que mi amigo. Cada domingo la misma canción en el mismo bar y al mismo dolor. Empiezo a pensar que no soy peor que el chico triste y solitario. Le pego menos golpes al micro y conservo más dignidad al descender de las alturas. Pero hoy la gente se ríe de mí. ¿Por qué? ¿Dónde se ha metido el chico triste y solitario?

Llamaron esta tarde al teléfono para saber si estaría interesado en tocar “un domingo de estos” en el bar Borsalino dentro de una especie de invento para inadaptados llamada Open Mic Pucela. Yo les dije que solo tenía una canción. Al descolgar, preguntaron por “el chico triste y solitario”.

Al Sr. Vega Tallés

Ese chico triste y solitario…

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